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Los primeros arquitectos
Desde sus orígenes, el hombre ha dado una trascendental importancia al ritual funerario, y se supone que ello se debe a motivos religiosos. La Sima de los Huesos, en Atapuerca, así lo atestigua. Sin embargo, el hombre del Paleolítico no construyó edificaciones para los enterramientos, ni tampoco para resguardarse de las inclemencias metereológicas, ya que aprovechaba cuevas y abrigos naturales. El Neolítico va a generar un cambio al respecto ya que, al apegarse a la tierra, el nuevo homo agrícola-ganadero necesitaba un refugio próximo a sus actividades. Sin embargo, sus chozas no iban a ser suficientemente robustas para que se conservasen hasta nuestro tiempo. La primera construcción que realizó el hombre neolítico y que ha llegado a nuestras manos es el megalito o dolmen con fin funerario. Se trata de un conjunto monumental complejo, que por estar protegido con una capa de tierra y piedras, ha podido mantenerse. La estructura de “grandes piedras” requería una planificación y un esfuerzo común no visto anteriormente en un homínido. La Revolución Neolítica arrancó en Oriente Medio y Próximo (en el llamado “Creciente Fértil”), y se desplazó rápidamente por el Mediterráneo. Dichos cambios sustanciales generaron interpretaciones similares, aunque no homogéneas, al asentamiento póstumo de los cuerpos de los seres queridos o representativos ya fallecidos. Al tiempo que surgían los dólmenes en Europa, en el Egipto anterior a las Dinastías se edificaban mastabas. Aunque ambas soluciones funerarias no son equiparables, sí poseen en común la necesidad de una organización en el proceso constructivo, un espacio que superaba las necesidades habitacionales diarias (gracias a lo que ha pervivido), una intención de proteger los cuerpos y enseres, y cómo no, una finalidad religiosa que integraba la muerte como elemento de cohesión social
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